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ESTA MAÑANA

Nunca he tenido la piel tan hidratada. Jamás había enmarcado mis propios dibujos. Antes, ni siquiera dibujaba.  Yo, antes leía . Ahora también. Se me da fatal gestionar los conflictos internos de mis parejas. Por eso, en las últimas dos horas, me he comido una bolsa de pipas, media de pistachos, dos frutas (por eso de compensar) y un trozo de queso; y he frenado, al menos tres veces, mi impulso de huir. Esta mañana ha anochecido en Madrid.  Estoy sola, sola en casa y no me concentro entre tantas montañas de papel, tantos "to do" y tantas ganas de nada.  Un caballo sin nombre descansa en el sofá, junto a mi guitarra, mientras que un picor interno de estómago y corazón mantiene mis posaderas lejos del rincón de la productividad. Vivir huyendo , creo que en eso somos éramos parecidos. Tú marchabas al monte y yo, yo lloraba calle abajo hasta el centro. Aunque, huir ¿hacia donde? Huir, ¿para qué? Si nunca me había puesto tan cachonda que me hicieran croquetas.  Te quie

LA INCOMODIDAD

Hoy me he pintado la cara para no parecer tan triste. No ha funcionado. Últimamente los sábados me recuerdan demasiado a una vida anterior. Agoto las mañanas en pijama, escuchando canciones de La Cuenta Atrás , arrastrando los pies de habitación en habitación. Recojo la casa, barro y friego, y relleno las baldas del frigo. He vuelto a autoproclamarme madre de una familia que no existe, y  que esto te ocurra una vez es una putada, dos, es que eres gilipollas. Hoy me he pintado la cara para no parecer tan triste. No  ha funcionado y ahora me siento vacía y sola. Vacía, sola y guapa como una modelo de la televisión. No consigo conjugar ser "la fuerte e independiente" y necesitarte tanto. Y me avergüenzo de ello. Mañana es ocho de marzo y me pregunto si no sería buena idea pasearme por las calles de Madrid con esta proclama:  "Hombres del mundo, nada nos haría más felices que que se hagan responsables de sus hogares. Dejen de regalarnos cosas materiales y hagan la

LA DISTANCIA INSALVABLE

No sería justo culpar a Enero. Soy melancólica por naturaleza.  Estoy s ola en mitad de un descampado. Tengo miedo. Bajo mis pies, escombros, latas de cerveza oxidadas, una silla de playa y restos de una hoguera improvisada al compás de una rumbita mala.  Antes, cuando quería huir de algo o de alguien, caminaba. Lo hacía sin rumbo fijo, en mis calles o en ciudades extrañas, con la mirada baja y las mejillas cortadas por el frío. Caminaba  hasta que lograba que se me escapara una lágrima, era mi manera de amansar la rabia y dar salida a mi dolor. Afortunadamente esta noche mi vecino no ha intuido las rayas azules de mi pijama bajo el pantalón. Afortunadamente, porque habría sido mi respuestas más bochornosa a la vuelta del Chino tras la ya mítica “¿y tú amigo, dónde está?” , o la descarada apología a mi novio del del bajo C. Jamás imaginé que aquella Noche de Reyes me regalía nuestro reencuentro en Pozuelo de Alarcón.  “Sabes que echo de menos tus palabras, que sigo tu blo

LA CHICA DE LAS PUERTAS TRASERAS

El silencio reina entre canción y canción, pero ya no hay tristeza. La Navidad se acerca con su parca de cuadros rojos y negros mientras yo la observo de lejos fingiendo ser la señora de mi casa.  Éste  ha sido el año de cambios, poca lluvia y alerta por contaminación, en el que se me han muerto dos cactus y he abandonado personas, trabajos y estaciones de autobuses a lo grande.  He dejado de ser la chica de las puertas traseras.   No, no he llegado a hacerme con el robot de cocina y he vuelto a engordar ese par de kilos que me impide calzarme los vaqueros que tanto me gustan , pero he dejado de sentir culpa. Últimamente  sólo sé que te extraño y que la fuerte marejada en mi pecho ha amainado, n o sólo no te marchas, has comenzado a abrazarme en sitios públicos.  Antes creía que  sólo escribía cuando estaba triste porque tenía la extraña sensación de no merecer lo bueno que me estaba pasando. Hoy, quiero registrarlo todo, su olor, su sabor, sus pellizcos, quiero ser dueña

Y VICECERSA

Cada vez que te digo te quiero, me cago de miedo. Anoche fue otoño en Madrid, cerraron las piscinas y se inundaron los garajes. Me pasé todo el día comiendo y tuve que cerrar las ventanas y ponerme el pijama mientras decenas de conductores desesperados aguardaban a que alguien les rescatara de una inmensa balsa de granizo en la M40. El frío se me coló en el pecho y por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba sola. Últimamente no dejo de encontrarme palabras tuyas entre mis libros. Notas que debiste escribir, preso del miedo, cuando no era yo, sino la noche, la que llegaba pronto a casa. Palabras que coloco sobre mi lengua y paladeo, en vano, porque ya no me saben a nada.  Hasta hace unos meses pensaba que había cosas que sencillamente no eran para mí: pintarme los labios, tocar la guitarra, peinarme con la raya al medio o ligarme al tipo más guapo de la fiesta. Y a pesar de que casi nunca hablo de mí, aquí sigues, imaginándome. Solía preguntarme cuándo se cansarí

UN HOMBRE BUENO

Siempre escucho a Antony & the Johnsons cuando quiero ponerme triste, y nada se me antoja más doloroso que añorar a un hombre muerto. Llevo toda la semana sin dormir. Con dolor de cuerpo. Y puedo achacarlo a mil cosas. Siempre puedo, la RA-CIO-NA-LI-ZA-CIÓN es lo mío. Pero, ¿a quién pretendo engañar? Soy todo entrañas, todo corazón, un totum revolutum de emociones encontradas con patas. Hace unos meses ni siquiera sospechaba el principio de   la marejada . Cómo para imaginar algo semejante a lo que siento ahora. No se ha fabricado aún la cerveza necesaria capaz de amortiguar esta caída.  Por un instante creí, que tú y yo (que nuestra historia) sería diferente. Y tienes razón. Soy una egoísta. Siempre he querido salir aséptica y airosa de esta ruptura.  Perdóname. Jamás fue mi intención rompernos el corazón (en mil pedazos). Por primera vez en mucho tiempo,  yo no soy la prioridad en tu partida y, te confieso, esto me está costando. Siendo justos, este someone that

ALTO EL FUEGO

Lo mejor de haberme levantado a las 5 es la sensación de que aún no es mañana y el recuerdo de sus besos sigue vivo en mis mejillas.  Un café con leche muy caliente y un cruasán de chocolate, por favor. Dos cacatúas setentonas pasan revista a toda la fauna de la cola de embarque mientras al otro lado del cristal, Madrid amanece.  Ahora que en los bares los hombres me miran y hasta torpemente se me acercan, pienso en aquellos días en que llorando te pedía que salieras de mi cabeza. Había olvidado lo feliz que soy cuando hago cosas por mí, y que fui yo quien se resistió a dejarte marchar, por miedo a habitar un recuerdo en el que tú ya no estabas. No me da miedo viajar sola. Son las personas a mi alrededor las que me vuelven insegura.  Arrastro somnolienta mi nueva maleta por los largos y luminosos pasillos de este centro comercial al que algunos llaman “aeropuerto”, sabiendo que, aunque la culpa se resista a firmar el armisticio, el fin de la guerra está cada vez más ce