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LLORAR

Quiero llorar, llorarme, llorarte, llorarlos, y que mis lloros se lleven, cual río desbordado, las casas que edificaron sus golpes y sus palabras. Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y ...

SIN TI

El abc de tus labios ha enmudecido mis recelos, tu saliva se ha convertido en mi caligrafía favorita. Soy monja con minifalda,  rostro de actriz,  orgullo con las bragas bajadas, Madrid en hora punta, oveja con piel de lobo, mujer golpeada. Soy una china en tu zapato,  una lamida de boca inesperada,  el poema  que siempre querrías leer,  tu contradicción,  hormigón en el agua.  Soy peso  sobre mi pecho,  reserva para dos  y novia plantada.  Soy quien sin ti ha perdido el aliciente de irse  a la cama

BELLEZA Y LITERATURA: ¿QUIÉN CALIGRAFÍA LO BELLO?

El lenguaje, o más bien, los discursos, suelen encerrar en sí pequeños secretos y cláusulas abusivas que no siempre son fáciles de atisbar. Teníamos quince años. Vivíamos esa época en que el valor lo establecía la marca de tus zapatillas deportivas. Nos creíamos los seres más especiales y a la vez, llorábamos por las esquinas nuestra mala suerte en el amor: Hugo había escogido a otra o había preferido el balón. Recuerdo que hablábamos de nuestro profesor de filosofía. Acababa de confesarnos entre El Banquete de Platón y la Metafísica de Aristóteles que pelaba las naranjas a bocados. Ese era justo el detalle que necesitábamos. Éramos adolescentes, las paredes de nuestros cuartos apenas sí se podían intuir entre tanto afiche, teníamos claro cuáles eran nuestros referentes en materia de belleza y don Justiniano se alejaba con creces de ellos. “Es feo, pelirrojo, le derrapan las consonantes, ¿no has visto hasta qué altura se sube los pantalones? Además, se quiere hacer el graci...

VENTANAS

En el alféizar de la ventana descansan mis zapatos. Fuera se escucha el bote de un balón, la reminiscencia de mi infancia proyectada sobre una pequeña escuela.  Siete macetas. No, nueve. Un par de visillos de metro ochenta. Un armario. Vasijas de Talavera sobre una estantería. Una televisión y el rostro de una vedette que anuncia el comienzo del programa. La mesa recién puesta. Para uno. La luz prendida en una pequeña lamparilla junto al revistero. Una mujer. Pelo gris. Cadera ancha y pechos cansados tras amamantar cuatro hijos y dejar que de ellos se colgara un marido que la abandonó cinco años después. Como en un viejo teatro de postguerra alguien corre el telón carcomido por las polillas y el humo de cigarro. A este lado de la persiana se acabó el espectáculo. Nada de soledad, nada de pastillas para dormir ni de nietos que no recuerdan que ayer fue su cumpleaños. Hace días que no la veo. Ya no se asoma y finge que yo no estoy mientras le habla al fantasma de su  ...

EL HOMBRE GRIS

¿Sabes? A veces me pregunto que sería de mí si tú no te hubieras marchado, si no me hubieras cerrado las piernas aquella noche, si las acciones no hubieran aumentado. A veces me imagino llegando a la oficina en bus, cruzando cual kamikaze la Castellana, compartiendo contigo un helado y riéndonos juntos a carcajadas cuando la fresa te caiga por la barbilla. No siempre me ocurre, pero sí es cierto que hay veces en que se me resbala sin querer de los labios tu slowly  y recuerdo cuando hacíamos el amor y regaba tu cuerpo con mi saliva.  Y entonces recuerdo quién soy y que no son las personas sino el mercado quien que me interesa.

SOBRE LA CAMA

Ni siquiera fue por sus rodillas o sus pechos con olor a limón. La mayor parte del tiempo ignoraba sus extensos escotes y hasta le molestaban sobremanera sus carcajadas. Nunca le pareció tan sexy aquel pequeño lunar sobre el labio, y no entendía por qué le hacía creer a todos que antes de llegar al bufete había sido bailarina en un cabaret. Echado sobre la cama que le vio nacer, llora desconsolado. La misma cama en que se dejaron morir primero, su madre, y ahora, su mujer.

PRINCESA DE CRISTAL

La princesa de cristal se siente fuera de lugar en este vagón atestado de gente. Ni sus zapatos DKNY ni su bolso Louis Vuitton saben de camisas de cuadros y medias "3 por 5 euros"; por eso no sonríe, manteniendo en tensión el femoral y los abdominales, no pide perdón al pisar o tolera el mal humor del de al lado; la princesa de cristal se ha equivocado de lugar y ha entrado  a formar parte  de mi álbum de retazos de esta oscura ciudad.