martes, 12 de mayo de 2015

ESCAPAR DE MÍ

Hasta los veinticuatro vivía con pena, con la sensación de abandono y desaprovechamiento de un cuerpo ávido de cariño.

Manuel y yo dejamos de vernos porque según él yo no me relacionaba bien con sus amigos. Después de perder la cabeza en un botellón y acabar arrastrándome hasta su casa, nos despedimos sin ni siquiera un adiós, buena suerte y yo jamás tuve el valor de confesarle que al buscarle entre la masa en aquel descampado, su mejor amigo me había despreciado susurrándome al oído: "se ha ido al baño con mi prima, y ya sabes lo que eso significa". 

Hasta los veinticuatro jamás tuve novio, y serio, lo que se dice serio, tampoco era. Entonces lo vivía con pena, con una sensación de abandono y desaprovechamiento de un cuerpo serrano ávido de cariño. Hoy, sin embargo, doy gracias a la Señora de la Cofradía del Santo Coño por haberme protegido de mi fragilidad en el amor y de tanto hijo de pinochetista.

Porque lo cierto es que no, no sé qué habría sido de mí si hubiera dado con ese príncipe azul disneysiaco o si el machirulo de turno vestido de bohemio con vaso de güisqui en mano me hubiera jurado in omne tempus su musa. ¿Me habría licenciado? ¿Habría cruzado el Sahara, la Piazza del Herve y Nairobi? ¿Habría pasado días y meses llorando buscándome entre tanto recuerdo masculinizado y carente de mí? 

Seguramente no, y a día de hoy continuaría como aquella noche en la que lo último que recuerdo es beber hasta  la inconsciencia para poder escapar de mí.

2 comentarios :

Nacho Ortega dijo...

Es mágico darse cuenta de esos sufrimientos que nos han ayudado, paradójicamente, a ser más felices.

marta mediano dijo...

Aceptarse tal y como se fue y se pudo ser es sin lugar a dudas una gran conquista.

Afortunado también tú, Nacho 😉

 
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