viernes, 22 de mayo de 2015

ABYA YALA

Mis pies rasgan el suelo. El camino. Despejando de piedras cualquier incertidumbre o falsedad. Son las seis de la mañana. 

Había tomado un mp3 prestado, una libreta y el deseo de volver a enamorarme. Según la báscula de la farmacia mi mochila pesaba exactamente siete kilos con doscientos gramos, pero sobre mi espalda cargaba con cerca de sesenta y cinco kilos más. Él me había ido dejando, de a poco, a días, a ratos y yo había quedado tan desdibujada, tan al descubierto, que sentía que necesitaba huir de Madrid. 

Cada mañana, al ritmo de unas letras que ya siento mías, parte de mi álbum familiar, cruzaba la calzada y entraba al polvo y y su silencio infinito, y sin prisas, sin juicio, me dejaba caminar. 

Hoy, cansada de obedecer a guardias y semáforos y perdida en un mundo que me obliga continuamente a entender, a esperar, me han vuelto con fuerza las ganas de recorrer a pie cada una de las heridas, de airear mis lágrimas en lo alto de un acantilado y de amanecer sin pretensiones a orillas del mar. 

Y es entonces cuando Abya Ayala me llama.

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