domingo, 17 de agosto de 2014

LLORONA

Me contempla con ojos pesarosos y se aparta con el miedo entre las piernas y un sms en borradores: "me tengo que marchar".

Llorar es algo así como bucear y tragar agua por la nariz. Las fosas nasales, víctimas del tsunami mandan mensajes urgentes a la cabeza, que finalmente ordena "hacer todo lo posible para expulsar al colono". Esto generalmente acaba traducido en arrugar el hocico

Yo he llorado de alegría (en contadas ocasiones), de risa (hasta mearme o tener que sentarme en el suelo y agarrarme las rodillas) y de pena, tristeza, que imagino es la causa principal en la mayoría de los casos en que el lagrimal se pone en marcha. 
He llorado poco delante de mis amigos y mucho, delante de hombres. He llorado por teléfono, en parques, en el autobús, haciendo el amor, en los baños de un bar, en la cama, pelando cebolla, en la calle de camino a la estación. Vamos, que apenas queda lugar virgen que no haya conocido mis lágrimas. 

Soy una llorona, sí, y sé que a mucha gente eso le asusta. Me contemplan con ojos pesarosos y me acarician el brazo sin saber qué decir, o se apartan con el miedo entre las piernas y un sms en la carpeta de borradores que dice: "me tuve que marchar; ya hablamos". 

Creo que mis lágrimas han enmudecido cimientos alguna vez y han dado a entender sentidos que ni siquiera yo conocía. Son muy traicioneras, las tías. A veces pienso que son sólo unos minutos de angustia, de dolor en el pecho y falta de aire que acompase berrinche y respiración. Que si se me habla con sinceridad y calma acaban pasando y no son, al fin y al cabo, más que una liberación. Creo que esa es la diferencia entre las lágrimas de pase de película a las ocho y media y las mías, que suelen darse en un ambiente familiar o en soledad, abrazada a mi almohada. Eso y que soy capaz de reír de cero a cien en menos de un segundo desde la última gota.

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