martes, 24 de diciembre de 2013

PASADO MAÑANA

No es fácil reconciliarse con el pasado, especialmente si éste se ha reservado un espacio en tu presente, pero se puede.


Solemos discutir. Ayer, sin ir más lejos, se me coló en la cama a las tres. Le pedí varias veces que, por favor, se fuera, pero no hizo caso, y comenzó a reprocharme el que a los dieciséis dejara que ese mentecato me sobara las tetas. Otros días me ha agarrado la manta de los pies y ha tirado de ella para él, o me ha colado el rostro de algún ex en la televisión, y yo no acabo de entender por qué tanta inquina. ¿Será que se siente un poco desplazado?

Cuando una se cansa de tenerlo todo manga por hombro, y se compra un buen clasificador, pasados como el mío tienden a rebelarse, y es lógico, porque sienten que esta nueva actitud sólo les traerá pérdidas en su omnipotente poder. Los pasados más henchidos y vigorosos, aquellos que parecen no tener fisuras o da más miedo enfrentar, son precisamente los más inseguros porque sus cimientos están construidos sobre la base del oscurantismo. Son los más frágiles o sinceros, los verdaderamente sanos, y los que más que ponerte trabas te ayudarán a caminar y a reconciliarte con quien un día fuiste. Por supuesto, ambos no son incompatibles, ya que, en su juventud, muchos pasados sanos también jugaron a ser su Ilustrísima Majestad El Pasado.

Cada año nuevo descubro más agujeros negros entre los pasados de la gente. Popularmente se ha llegado a la errónea conclusión de que es posible desintegrar todo mal recuerdo, y lo que es más peligroso, que es condición indispensable si se quiere continuar hacia delante. Así, una recibe malas contestaciones, interpreta mensajes contradictorios en los emails, y respira un ambiente pesado en habitaciones repletas de vegetación, que bien gestionadas podrían crear ecosistemas únicos y felices.

Sé que no es fácil. No voy a ser precisamente yo quien juzgue al resto, yo, que tengo encontronazos diarios con mi pasado de buena niña sometida, pero sí pienso que es imposible vivir -y de ello sí que puedo dar testimonio- si no eres capaz de reconocerte en los episodios malos que un día algún ser despreciable colocó en tu escenario. Que no es posible crecer y aceptarse a una misma si antes no dialogamos con él, con nuestro pasado, y entendemos por qué hay recuerdos que nos hacen tanto daño.

Yo solía fingir la sonrisa de tal manera que ni un halo de tristeza fuera capaz de asomárseme entre los dientes. Hoy, no sólo no me interesa, sino que me parece una estupidez y una pérdida de energía irreparable. Puede que esto sea lo que llaman madurez.

1 comentarios :

Meta Fora dijo...

Cómo te entiendo.

...ese pasado que te da un revés cada cierto tiempo...., que es como un chicle pegajoso.

Y vas, y pones el otro Carrillo, cada cierto tiempo.

 
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