sábado, 19 de enero de 2013

LADRONES

Mi escritura es libre, indomable, irreverente, a veces te condena con su halitosis, otras te deja un delicioso sabor a menta en la boca. Te golpea, te acaricia, y al igual que yo, jamás esconde dobles verdades. 

Mi terapeuta suele decirme que no racionalice mis emociones, que las deje salir, que insulte, escupa, empuje y que no utilice una vara distinta para medir mis acciones de las de otras personas. En definitiva, que sea más humana que robot, más justa conmigo misma y menos flexible con los otros.
Por eso me sorprende que haya quien piense que escupo reproches entre sustantivo y sustantivo, que mis enunciaciones van cargadas de dobles intenciones o que la moraleja de mi cuento anime a lanzar piedras a la ventana de quien un día osó hacerme daño. Aunque, si así fuera, ¿qué habría de malo?

Siempre he pensado que mi mayor virtud es la escritura, que no hay ejercicio de catarsis más eficaz que rellenar un folio en blanco. Que las emociones me definen, que nada le sienta mejor a mis caderas que un buen verso, que si un día nuestros caminos se cruzaron fue porque ambos, tú y yo, necesitábamos intercambiarnos saberes por alimento. El saber de los besos, el alimento de cuanto en esta vida nos queda por aprender.

He de confesar que nunca he sido capaz de hacer daño a nadie. Miento. Hubo una vez que con 5 años derramé sobre el pelo de una compañera de parvulario medio litro de pegamento. Aún reina la duda del porqué. He de confesar que he sido una estúpida. Que jamás tapaba mi rostro cuando iban a golpearme. Que ponía la otra mejilla hasta sonrojarme. Por ello me sabe tan ridículo que alguien me tache de querer dañar a alguien o de vivir resentida. 

Estrella -mi estrella- que así se llama mi terapeuta, suele decirme que las agresiones de otros son las proyecciones de sus propios complejos sobre ti, que si las palabras de otra persona te hieren es porque algo tocan que tú sin querer saberlo, también sientes. Por ello me supo tan ridículo que me escribieras más de un año después de tu partida, porque si ya no formas parte de mi vida es obvio que eso fue lo mejor que pudo pasarnos a ambos.

He de confesar que en mi vida no encuentro nada de lo que avergonzarme. Miento. Hubo una vez  a los 26, que me morreé bien borracha con un tipo que no me gustaba nada. El pobre cayó enamorado, yo no supe jamás cómo quitármelo de encima. 

No voy a disculparme por agrupar letras y formar palabras, no voy a rectificar nada de lo aquí dicho para agradar al personal, no voy a justificar ficciones, historias basadas en hechos reales o pedazos de mi diario. Mi escritura es libre, indomable, irreverente, a veces te condena con su halitosis, otras te deja un delicioso sabor a menta en la boca. Te golpea, te acaricia, y al igual que yo, jamás esconde dobles verdades. Soy transparente como el vidrio que ahora deja pasar la luz de la farola junto al aparcacoches. No tengo nada por lo que postrarme o pedir perdón, y si algún día observas que sale fuego de mi boca telegrafiada, puede que sea cierto y quiera desahogarme, o puede que crea el ladrón que todos son de su condición.


Este blog es un espacio libre que no acepta indicaciones sobre qué o qué no puede ser publicado en él.

5 comentarios :

Valli dijo...

Grande.Muy grande.

niña imantada dijo...

Como mis lectoras ;)

Amando García Nuño dijo...

Te diré, soy el tipo que engañaste con tu amor borracho, y -casualmente- estoy casado con la niña del pegamento en el coco.
¿No tienes que pedir perdón, querida?
Buen texto, un abrazo.

Meta Fora dijo...

Uf.
Enseñárselo a tu terapeuta para que vea que ha hecho un buen trabajo y que puede darte el alta.
Y tú, enmárcalo.

niña imantada dijo...

Gracias, Meta Fora ;)
Poco a poco vamos avanzando en esta dificultosa vida.

 
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