miércoles, 2 de enero de 2013

LA NAVIDAD SUPERA LA FICCIÓN

En contraposición a ellos nos educan a nosotras, haciéndonos creer que si queremos ser alguien dentro de nuestras familias debemos amoldarnos a elementos prototípicos propios de nuestra naturaleza. 

Las cenas de Navidad en familia esconden entre sus buenos deseos y el mazapán, relaciones asimétricas de poder entre hombres y mujeres. Desde la cocina hasta los temas de conversación, todo está expresamente medido para que el protagonismo sea heredado de padres a hijos y de estos, a los nietos. 

En mi familia los primogénitos de cada generación son considerados atractivos, jamás tuvieron un kilo de más, si se equivocaron es porque son humanos, y si decidieron comportarse de manera rebelde durante su adolescencia o su madurez siempre se encontraron respaldados porque “estuvo justificado”. Por lo general, no tienen estudios, se sientan “a mesa puesta y mesa quitá” y pueden exigir cuanto se les antoje, incluso pueden permitirse el lujo de no manifestarlo porque de manera inequívoca lo recibirán de manera espontánea gracias a aquellos y aquellas que velan porque sus necesidades y caprichos estén siempre cubiertos. 

En contraposición a ellos nos educan a nosotras, haciéndonos creer que si queremos ser alguien dentro de nuestras familias debemos amoldarnos a elementos prototípicos propios de nuestra naturaleza: las mujeres no protestan, están siempre solícitas, acatan que el orden de las cosas ya viene dado y por supuesto, jamás cruzan la línea roja que separa el “deber ser del varón” con el suyo propio. 

Profesional liberal, sonriente, de corazón noble, independiente, generosa, siempre dispuesta a echar una mano, comprometida socialmente e inteligente. El orgullo de cualquier familia de puertas para fuera, la hija, nieta o sobrina que obtuvo el primer título universitario de la familia, que viaja a lugares del mundo que ninguno sabe localizar en el mapa, que parece no tener miedo de nada ni de nadie, el hito de la modernidad entre amistades y vecinos, pero cuando se cierran las puertas, se apagan las luces y ya no importa quién aguarda al otro lado del telón… somos invisibles. 
Y como somos invisibles carece de todo sentido que aguardemos la llegada de la cena en el salón, nuestro lugar está en la cocina. Cortamos turrón, preparamos el guiso, ponemos la mesa, mientras los hombres en el sillón debaten sobre política, fútbol o economía, escogen qué botella de vino se abrirá primero, en definitiva, toman las decisiones. 

Si somos niñas, desde la distancia alabarán lo trabajadoras que somos, como desde tan pequeñitas exigimos a la abuela tareas para quitarle trabajo y preguntarán si todo está listo, cuánto más deben esperar. Mientras, los niños jugarán felices en las calles, se golpearán -porque es para lo que han sido educados- y picotearán en sus visitas de fuentes y recipientes que aguardan sobre la encimera a ser servidas por las suaves manos de una madre. 

Durante años creí ignorante que algún día alguien vería más allá de la mujer sonriente y responsable que siempre se acuerda de todas y de todos, pensé que, finalmente, alguna de las personas que cada Navidad se encuentra aquí reunidas, abriría los ojos y me pediría algo más que mi ayuda en la cocina, el servir los cubatas antes del primer pitido o mi sonrisa educada y resignada tras escucharles por decimocuarta vez sus “ay, madre, esta niña, ¡pero cómo no vas a necesitar tener novio!”. Incluso creí, ilusa de mí, que por el simple hecho de ser cómo soy recogería algún día los frutos de su amor. Pero ya estoy cansada. 

Brindo por un año en que ninguna mujer sea intimidada, explotada, golpeada, humillada o asesinada por ser mujer. Brindo por un año en que todos y todas podamos ser sencillamente nosotros y nosotras mismas. Brindo por un año sin prejuicios, un año de igualdad, combativo. Brindo por un 2013 feminista.

2 comentarios :

jordim dijo...

Hay un feminismo malentendido que va que de que la mujer siga haciendo lo que hacía antes, y además haga muchas otras cosas (es ese rollo de: ¿no queríais igualdad?). No es una cuestión de ser ama de casa o catedrática, sino de simple y llano respeto, un respeto real que aún no se refleja como debería en la sociedad. Lo peor es que aún hay muchas mujeres machistas.

niña imantada dijo...

Sí, Jordim, pero eso no es feminismo, es un poco el ¿no querías sopa? ¡Pues toma dos cazos! Y se ve claramente en el hecho que tú apuntas "la mujer sigue haciendo lo que hacía antes", ¿por qué? Porque está naturalizado que hay tareas que son propias de la mujer por ser quién es, nacer como tal, aspectos que no pueden ser cuestionados.

Efectivamente, lo justo sería que cada uno y cada una pudiera hacer lo que quiere hacer sin verse condicionado ni condicionada por su sexo biológico, que es el que al final fundamenta el género que no es otra cosa que la construcción social de lo que un hombre o mujer tiene que ser.

Por último, ¿cómo no va a haber mujeres machistas? Hombres, mujeres, todos y todas hemos sido educadas dentro de ello, para ello, yo, incluso, que intento combatir esta injusticia, detecto que tengo muchas actitudes machistas. Las mujeres somos educadas para transmitir esta ideología de la desigualdad entre nuestra prole y seres queridos, por ello, somos doblemente víctimas.

No echemos la culpa a las mujeres, que no seamos doblemente culpabilizadas, perseguidas, agredidas, es difícil romper con todo esto que durante millones de años se ha establecido de una manera tan sutil que la gente lo ve natural y no lo cuestiona, como por ejemplo: "todas las mujeres tienen instinto maternal, las mujeres son mejores organizándose, limpiando, son más resolutivas, las mujeres provocan con sus ropas", para mí nada de eso es cierto, es sólo EDUCACIÓN.

La igualdad es algo que atañe a todos y todas, hombres y mujeres, teniendo en cuenta que tanto ellos como nosotras estamos siendo tratados de manera diferente, teniendo que adoptar roles que no tienen por qué ir con nuestra naturaleza.

Feliz año, jordim!

 
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