viernes, 1 de junio de 2012

INSTINTOS DE COLOR

¿Por qué empeñarnos en condenar la policromía en las miradas? Nada es más triste que el "blanco o negro" y su posterior dedo inquisidor.

Aquel día no fui capaz de explicar por qué dejé que me devorara como una boa a un elefante en mitad de la pista.

- Ha sido vergonzoso, ¿es que te gusta?
- Pues la verdad es que creo que no.
- ¿Pero, entonces?

Verme entre la espada y la pared por los perjuicios nonagenarios de mi amiga de 20 años no era lo que habría esperado, pero por suerte supe cómo reaccionar para que su superioridad moral me resbalase.

Arbitrariedades a un lado, fue ésta la primera vez en que fui consciente de la maldita manía social de colocarnos anteojeras. Si al mirar tras la ventana vemos cantidad de matices, carrocerías burdeos, farolas metálicas y oxidadas, setos verdes, el rubio caoba del cogote de la vecina y hasta el sol cegador,  ¿por qué empeñarnos en condenar la policromía en las miradas? Nada es más triste que ese "blanco o negro" en nuestras decisiones y su posterior dedo inquisidor si no acatamos como válida una imposición que nadie se ha atrevido a cuestionar.

Vanesa nació Juan en Valencia pero al llegar a Madrid en 1979 se sintió libre por fin para pedir el divorcio. Ya soltera conoció a Luis que había roto con Elvira meses antes dejando atrás una vida de costumbres con las que  jamás se había sentido a gusto. Hoy, felices y con planes de viajar a la Isla del Hierro, soportan el invierno de los prejuicios y el sarampión de la incomprensión de aquellos que al ver hecha añicos su tabla de clasificar personas se encuentran perdidos en un laberinto cuya única salida creen (erróneamente) consiste en adivinar si Luis y Vanesa, antes Juan y Elvira, son en realidad hombre y mujer, heterosexuales, mujer y hombre u homosexuales; en fin, la odiosa bipolaridad.

Del mismo modo absurdo es preguntarse por qué yo, amante de los hombres poco convencionales, morenos y de izquierdas, aquel día rebané al chico rubio y no dejé ni una miga, o por qué en la sala de reuniones no pude apartar mis ojos del muchacho de camisa o cómo era posible que aquel hombre detestable por sus ideas políticas provocara dentro de mí una pasión tan demoledora.

Son sensaciones, sin sentidos, impulsos irracionales que provocan que la mujer tranquila y romántica que vive en mí se convierta en una loba deseosa de saliva y sudor, y que una vez colmado su placer se marchará sin hacer caso del teléfono que dejaste anotado sobre la mesa. Y es que es precisamente en el romper con el orden establecido donde reside el placer.

No juzgues, acepta.

5 comentarios :

patapalo dijo...

Claro que sí. Hay que aceptarlo. A mi también me ocurre. Somos lo que hacemos por el camino, para cambiar lo que somos. Decir, contradecir, sin clichés, así es el mundo real...

Echábamos de menos tus palabras valientes, sinceras y reales...

prometeo dijo...

¿Por qué tiene tanto éxito un juego como el cubo de Rubik que consiste en ordenar el caos de colores? ¿Acaso no es mucho más bonito el cubo en desorden, sin uniformar?

niña imantada dijo...

Y lo mejor es que el camino, patapalo, también se puede cambiar, a veces a golpe de machete, otras cruzando la calle sin más.

Mil gracias por tus palabras!!!

niña imantada dijo...

Buen detalle, prometeo. Ahora entiendo por qué nunca tuve paciencia para el cubo ése en todas sus dimensiones.

raúl dijo...

en blanco y negro quedó nuestra canción, dice jorge drexler, con la amargura del final. colibrí policromo, that's the way, y la gente que se descoloca cuando es incapaz de ordenar algo en sus pequeñas casillas a tomar viento!

 
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