El jueves soleado dice adiós como un niño malhumorado. Las suelas gastadas del viernes ya están aquí, cargadas de lluvia y reproches vagos. Pero a pesar del frío yo no me quiero marchar. Quiero quedarme abrazada a ti comiendo cruasanes de chocolate sobre tu boca.
Estoy harta de beberme el tiempo como un cubata, de camuflarlo entre el hielo y que me queme la palma y los dedos. Harta de mentirme, de creerme, de echarte de menos, de sentirte parte de mí cuando estás tan lejos. Estoy harta pero al mismo tiempo, avivo las llamas destructoras que me devoran por dentro. Y si camino cabizbaja por los pasillos del Metro no es porque ya no crea en nada es porque aún te quiero.
Ni llamadas, ni cartas, ni mensajes al móvil o palomas mensajeras; prefiero que sea mi recuerdo quien hable por mí, quien conjugue los verbos y construya las perífrasis verbales. El olor de mi pelo, mis curvas en el baño de aquel bar, la plática de mis ojos... [espacio para completar]. Mi recuerdo, porque sabes bien que jamás podrás olvidarlo.
"Bajaré las estrellas del cielo cuando el hielo escasee y tú quieras ponerte otro cubata". La fiesta acabó y ella se marchó, sola, con su vaso largo a casa.