Llevaba aquella sandalias marrones de plataforma que ahora veo horribles y que mi madre se empeñó en guardar “porque están nuevas” y “por si te da por volver a ponértelas”. También la camiseta azul que pensaba que me sentaba tan bien y cuya vida alargué más de lo recomendable. Tenía 11 años. De vacaciones en la playa, como tantas veces, me tocó compartir cuarto con un niño al que detestaba, mi hermano. Mis padres descansaban en una habitación al final del pasillo, en un pequeño patio que se abría al final de la línea recta iluminada con pequeños farolillos de cerámica. Yo solía ducharme con avidez tras llegar del chapuzón mañanero o de media tarde, meterme en mi combinación favorita (que incluía esos zapatos tan altos, la camiseta de tirantes y una falda pantalón verde que dejaba ver de principio a fin mis piernas) y corría nerviosa al cuarto de papá y mamá. No lo hacía porque les extrañara, si no más bien, para cruzarme a las 14.05 con el joven alto y de dudosa procedencia que...
Comentarios
A veces eso es hasta sano.
Eso sí, vagabundear para descubrir, está muy bien ;)
Un besazo, reina!
Lo que me recuerda a la insoportable levedad del ser...
Küsse!
(Luis Eduardo Aute)
Estuve unos instantes con las alas quietas,
perdido en laberintos del "no sé, quizá, tal vez..."
sobre una nube de esas como de acuarela
me hacia esas respuestas que no se deben hacer.
Bastó ese breve tiempo de darse una tregua
para sentir de pronto una traición bajo mis pies.
El fuego de un relámpago quemó mis piernas;
las alas se salvaron y no sé muy bien por que.
Para vivir
en pie de guerra,
segundos fuera, segundos fuera...
que hoy por hoy, sigo aquí,
aquí.
Estuve unos instantes con la vela arriada,
perdido en laberintos del 'quien soy y a donde voy...'
creyendo que la mar se desnudaba en calma,
salte a sus humedades y le declare mi amor.
Basto ese breve tiempo de volver al agua
para sentirme envuelto por los vientos de un ciclón.
El odio de las olas desvió mi barca;
seguí la singladura que un albatros me marcó.
Estuve unos instantes con la guardia baja,
perdido en laberintos del "¿soy uno, dos o tres?"
absorto en esa duda no oí la campana
o acaso su tañido me evocaba mi niñez.
Bastó ese breve tiempo de volver a casa
para sentir un golpe bajo que me hizo caer.
La lona me beso mordiendo unas monedas;
la fuerza de aquel golpe me ayudo a ponerme en pie.
Siempre defenderé el dejarse llevar, para bien, por supuesto, para mal, hasta que salgan las fuerzas para decir, ¡basta!
Me gustó tu blog.
Vuelvo.