Mis pies rasgan el suelo. El camino. Despejando de piedras cualquier incertidumbre o falsedad. Son las seis de la mañana. Había tomado un mp3 prestado, una libreta y el deseo de volver a enamorarme. Según la báscula de la farmacia mi mochila pesaba exactamente siete kilos con doscientos gramos, pero sobre mi espalda cargaba con cerca de sesenta y cinco kilos más. Él me había ido dejando, de a poco, a días, a ratos y yo había quedado tan desdibujada, tan al descubierto, que sentía que necesitaba huir de Madrid. Cada mañana, al ritmo de unas letras que ya siento mías , parte de mi álbum familiar, cruzaba la calzada y entraba al polvo y y su silencio infinito, y sin prisas, sin juicio, me dejaba caminar. Hoy, cansada de obedecer a guardias y semáforos y perdida en un mundo que me obliga continuamente a entender, a esperar, me han vuelto con fuerza las ganas de recorrer a pie cada una de las heridas, de airear mis lágrimas en lo alto de un acantilado y de ama...